Redaccionline - El vuelo del cóndor

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Escrito por José Carlos Díaz Zanelli   
Wednesday, 16 de September de 2009
Image Chivay: linda antesala del Canón del Colca

Chivay es un pueblo equidistante de los adobos y rocotos rellenos de la blanca y soberana Arequipa y la imperfecta pero bella simetría del Cañón del Colca.

Image Chivay: linda antesala del Cañón del Colca

Chivay es un pueblo equidistante de los adobos y rocotos rellenos de la blanca y soberana Arequipa y la imperfecta pero bella simetría del Cañón del Colca.

Para llegar a este distrito, perteneciente a la provincia de Caylloma, cuya población no sería capaz de llenar una sola tribuna del viejo Estadio Nacional, hay que cruzar el “Valle de los Volcanes.”
  
La carretera se alarga en medio de una llanura secundada por unas 85 bocas de fuego, en solo 65 kilómetros. Los volcanes que uno nunca perderá de vista son el Chachani y el ancestral y venerado Misti. En el trayecto, la altura máxima que se puede alcanzar roza los 4, 000 m.s.n.m. Uno puede encontrar varios miradores que permitirán realizar tomas al valle desde diferentes ángulos. De acuerdo a la temporada, se podrá encontrar un paisaje con volcanes cubiertos por una perfecta nieve.

Luego de unas cuantas horas de viaje en auto, la pista empieza a descender en forma de espiral, mientras aparece un pequeño pueblo con techos de hojalata: Chivay. A pesar de lo diminuto del pueblo, y de sus escasos 5,000 habitantes, entorno a su Plaza de Armas se podrá encontrar un considerable variedad de hoteles y restaurantes. Es que Chivay es un paso prácticamente obligatorio entre Arequipa y la Cruz del Cóndor –último lugar transitable del Cañón del Colca.
 
Justo en el espacio que divide el día de la noche, cuando el cielo muestra un amplia gama de colores que van desde un amarillo incandescente hasta un plácido añil, es la hora perfecta para ir a los baños termales La Calera. Una suerte de club campestre, sitiado a tan solo quince minutos del pueblo, en el que abundan las piscinas llenas de aguas termales calentadas por un subsuelo volcánico abrasador. La temperatura de dichas aguas va desde los 22 hasta los 38 grados centígrados. 
 
Image Durante la noche, el frío y los vientos de toda la sierra peruana parecen concentrarse en aquella hondonada que es el pueblo. Por las calles, casi desérticas, corre un viento glacial, ártico. Es indispensable andar muy abrigado. La temperatura oficial suele oscilar entre los cuatro y cero grados centígrados, sin embargo, la sensación térmica puede ser mucho más baja. Lo bueno es que la mayoría de los hoteles cuentan con calefacción y las paredes de las habitaciones están cubiertas por un grueso tapiz que las vuelve más abrigadoras.

En cuento a comidas, casi en todo el Valle del Colca se come un solo tipo de carne, la de alpaca. Además de ser muy suave y fácil de digerir, es una carne carente de colesterol, perfecta para cualquier tipo de paciente cardiaco. Otra peculiaridad es la casi infinita variedad de papas que uno puede encontrar. Es sabido por la mayoría que en el Perú existen 3,000 tipos diferentes de papa, sin embargo el repertorio no suele excederse de unas ocho o diez variedades. Este pueblo pareciera ser el único consciente de las ventajas de dicha diversidad, y no dudan en explotarla.      

Para alcanzar a ver el fastuoso ‘Vuelo del Cóndor’ hay que salir del pueblo a las seis de la mañana. Se hará un viaje en torno al Callejón del Colca, momento en el cual se podrá gozar de la excelsitud con la que amanece tras las montañas. Minutos antes de llegar al mirador final (“La Cruz del Cóndor”), el camino de bifurca. Por un lado se podrá llegar al final en auto, en 20 minutos; por otro se puede realizar una caminata que, de acuerdo al ritmo al que se realice, podría durar entre 30 ó 45 minutos.
 
La caminata se realiza sobre un angosto y pedregoso sendero, pegado a la montaña, lo cual permite realizar tomas espectaculares al callejón, cuyo fondo es casi inalcanzable por el ojo humano. Conforme se va avanzando uno empezará a toparse con algunos cóndores en busca de algún roedor: un simple aperitivo matutino.  
 
Al llegar a la meta, en el último mirador, usualmente lleno de personas, uno logra comprender la finalidad de la caminata. Una orquesta de cóndores planean sobre la cima de la montaña. Se oyen los gritos de admiración por parte de los turistas. A esa altura incluso se puede sentir la fuerza con la que agitan sus alas. Es ahí que son los reyes, donde siempre lo fueron. Los Incas los admiraban porque eran el único animal que podía volar sobre los Apus (montañas adoradas), los amaban incondicionalmente, eran objeto de ofrenda, de culto. Siglos más tarde, reinan sobre el mismo paisaje y gozan de la misma adoración. Las cosas no parecen haber cambiado mucho en el reino del cóndor.       

Modificado el ( Tuesday, 13 de October de 2009 )
 
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